La cita fue el pasado domingo veintisiete de septiembre a las siete de la mañana en el parque Zaragoza. Llegamos: Andrés, Juan, Ana, Yair, Roxy, Mónica , su primo y yo, salimos en 3 vehículos rumbo a Cardel, en un punto del camino paramos brevemente, recogimos a Gaby y continuamos el camino. Pasando la caseta de Cardel en la primer gasolinera también nos detuvimos rápidamente en donde Fernando nos esperaba para continuar el viaje, en ese momemento eran ya cuatro los vehículos.
Viajamos por espacio de treinta y cinco minutos y llegamos a nuestro destino el Cerro de los Metates, bajamos de los automóviles en donde nos recibió una señora quien nos cobró a cada uno $10 pesos por usar el baño y el estacionamiento. Ahí nos aplicamos repelente, estiramos y calentamos un poco el cuerpo para emprender el camino.
En un par de ocasiones había visitado la zona arqueológica en carro, conocía lo accidentado del terreno, así que debo confesar que iba aterrada, soy poco deportista y además traía una lesión en el talón izquierdo del pié.
Caminamos unos metros al lado de la carretera antes de introducirnos en la selva, en seguida atravesamos un potrero y comenzamos el ascenso. Inmediatamente la montaña me desconoce y me empieza a faltar el aire, comienzo a respirar con la boca cerrada y poco a poco el cuerpo comienza a calentarse y a adecuarse al terreno, en breve me quedé atrás del grupo. Me preocupaba atrasarlos, la media de edad del grupo es de 28 años aproximadamente, El guía regresa por mi y toma la decisión de que debo ir adelante con él y así fue. Un paso a la vez, me indicaba en donde apoyar pies y manos, y arriba y adelante. De repente el camino se hizo de rocas que escalar junto con telarañas y arañas que esquivar. Mientras andábamos bebíamos agua, solía detenerme a respirar o pensar como subir el siguiente obstáculo. En una ocasión apoyé el pie derecho y literal sentí como se lo tragó la tierra, para sostener el peso, tense la pierna izquierda y alguien tomó mi mano para mantenerme, cuando encontré el punto de equilibrio me impulsé y salí del hueco. Siempre hubo un brazo a quien sujetar, una mano que asir, un hombro para apoyar, una pierna para impulsar y una voz de aliento que escuchar. Esta vez mi agotado cuerpo no alcanzó la cumbre pero llegué más alto de lo que pensé. Mientras los jóvenes encumbraban, los esperé observando el paisaje de la Villa Rica y las aves rapaces al tiempo que el cuerpo se enfriaba y empezaba a percibir el dolor.
El des-escalar también tuvo cierta agudeza sobre todo en esa piedra horizontal la cual casi logra hacerme llorar y esa planta que accidentalmente toqué con la mano derecha y sentí al instante un choque eléctrico, el cual hizo reír a los jóvenes quienes entre broma decían había sido un choque de energía pues me notaron mas activa después de él. No cabe duda que la montaña mueve dentro de cada quien un sin fin de emociones las cuales al reconocerlas nos liberan y nos alimentan el alma.
Una caminata de hora y media, terminó siendo de tres horas. Regresé mas que raspada, adolorida, con el pantalón roto y una garrapata prendida a la piel; con el espíritu renovado, con nuevos amigos en el corazón, con alegría en las venas y sueños que alcanzar.



Fotografías Juan José Mora Remes







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