Derrumbadas
blancas
Llegando a
nuestro destino al bajar de los vehículos nos sorprendió un aire frío, el cual
nos hizo buscar el abrigo dentro de
nuestras mochilas, enseguida nos ajustamos las botas y bastones, colocamos la
mochila sobre la espalda y antes de disponernos confiados a emprender nuestro
camino intentamos contarnos sin éxito, ya que alguien afirmó en voz alta “somos
quince” contando a un hermoso perro australiano por nacimiento que nos
acompañaba.
Se percibía un
olor fétido que disminuía al igual que el viento menguaba mientras nos
adentrábamos al Cañón. Paso a paso las botas se hundían sobre la grava suelta,
pronto el movimiento nos hizo entrar en calor y algunos nos desprendimos del
abrigo.
En breve el
grupo se dividió, el ascenso apenas se percibía, caminamos un par de horas
entre dos paredes esculpidas por la erosión del viento y el agua, adornadas por
su escaza vegetación de matorral desértico y pinos. De vez en vez uno de los
integrantes del primer grupo, que no puede esconder su espíritu retaguardia,
esperaba al par de rezagadas para indicar el camino y echar una mano para
sortear el terreno accidentado.
Al cerrarse el
cañón nos obligó a subir por la ladera, lo cual para el primer grupo no
significó dificultad alguna, treparon cual cabras en el monte. Alcanzamos la
altura suficiente para sentir nuevamente el fuerte viento y mientras recuperaba
el aliento, una compañera me invitó a observar el paisaje detrás de mí, el cielo azul enmarcaba la zona
volcánica y un haz de luz como señal divina se posaba sobre el Pico de Orizaba,
un verdadero homenaje a la belleza.
El frío viento
nos obligo a refugiarnos entre los arbustos mientras observábamos la dificultad
con que el primer grupo escalaba montaña arriba, ascendieron y descendieron con
la misma pues no encontraron el camino a la cima. El guía bajo entusiasmado
diciendo que visualizó el camino al remate por otra dirección, que si
apresuraban el paso alcanzarían a encumbrar y nos señaló a la retaguardia y a mí el camino que debíamos seguir de regreso.
Descendimos en
grupo hasta la bifurcación en donde cada grupo tomo su camino, desee de corazón
alcanzaran la cima. Mientras tanto buscamos una vereda segura que nos
permitiera bajar y entrar en el Cañón paralelo que nos llevaría hasta los carros.
El tufo nos
indicó la dirección correcta, cuando reconocimos el camino, buscamos
protegernos del viento, nos sentamos y acomodamos lo mejor que pudimos para
beber agua y comer un poco de dátiles y nueces que llevaba mi compañera, después
de recargar energía nos encaminarnos nuevamente y unos metros delante de
nosotros se incorpora otra parte de la expedición al camino, quienes nos
comentaron que aun quedaba un pequeño grupo buscando encumbrar.
Nos refugiamos
entre dos de los vehículos y nos cubrimos el rostro para protegernos del viento
cargado de arena en lo que esperamos al resto del grupo para emprender el
regreso a casa. Desafortunadamente ninguno encontró el camino a la cima pero
fue gratificante la experiencia y enorme la enseñanza. “La montaña se ataca con respeto, de lo contrario no te permite entrar o
en el peor de los casos salir.”
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