lunes, 25 de enero de 2016

Derrumbadas blancas

Derrumbadas blancas
Llegando a nuestro destino al bajar de los vehículos nos sorprendió un aire frío, el cual nos hizo  buscar el abrigo dentro de nuestras mochilas, enseguida nos ajustamos las botas y bastones, colocamos la mochila sobre la espalda y antes de disponernos confiados a emprender nuestro camino intentamos contarnos sin éxito, ya que alguien afirmó en voz alta “somos quince” contando a un hermoso perro australiano por nacimiento que nos acompañaba.
Se percibía un olor fétido que disminuía al igual que el viento menguaba mientras nos adentrábamos al Cañón. Paso a paso las botas se hundían sobre la grava suelta, pronto el movimiento nos hizo entrar en calor y algunos nos desprendimos del abrigo.
En breve el grupo se dividió, el ascenso apenas se percibía, caminamos un par de horas entre dos paredes esculpidas por la erosión del viento y el agua, adornadas por su escaza vegetación de matorral desértico y pinos. De vez en vez uno de los integrantes del primer grupo, que no puede esconder su espíritu retaguardia, esperaba al par de rezagadas para indicar el camino y echar una mano para sortear el terreno accidentado.
Al cerrarse el cañón nos obligó a subir por la ladera, lo cual para el primer grupo no significó dificultad alguna, treparon cual cabras en el monte. Alcanzamos la altura suficiente para sentir nuevamente el fuerte viento y mientras recuperaba el aliento, una compañera me invitó a observar el paisaje  detrás de mí, el cielo azul enmarcaba la zona volcánica y un haz de luz como señal divina se posaba sobre el Pico de Orizaba, un verdadero homenaje a la belleza.
El frío viento nos obligo a refugiarnos entre los arbustos mientras observábamos la dificultad con que el primer grupo escalaba montaña arriba, ascendieron y descendieron con la misma pues no encontraron el camino a la cima. El guía bajo entusiasmado diciendo que visualizó el camino al remate por otra dirección, que si apresuraban el paso alcanzarían a encumbrar y nos señaló  a la retaguardia  y a mí el camino que debíamos seguir de regreso.
Descendimos en grupo hasta la bifurcación en donde cada grupo tomo su camino, desee de corazón alcanzaran la cima. Mientras tanto buscamos una vereda segura que nos permitiera bajar y entrar en el Cañón paralelo que nos llevaría hasta los carros.
El tufo nos indicó la dirección correcta, cuando reconocimos el camino, buscamos protegernos del viento, nos sentamos y acomodamos lo mejor que pudimos para beber agua y comer un poco de dátiles y nueces que llevaba mi compañera, después de recargar energía nos encaminarnos nuevamente y unos metros delante de nosotros se incorpora otra parte de la expedición al camino, quienes nos comentaron que aun quedaba un pequeño grupo buscando encumbrar.

Nos refugiamos entre dos de los vehículos y nos cubrimos el rostro para protegernos del viento cargado de arena en lo que esperamos al resto del grupo para emprender el regreso a casa. Desafortunadamente ninguno encontró el camino a la cima pero fue gratificante la experiencia y enorme la enseñanza. “La montaña se ataca con respeto, de lo contrario no te permite entrar o en el peor de los casos salir.”

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